Desde 1999, durante el comienzo de mi investigación, el contexto histórico “Islas Malvinas” y los episodios referentes a la llamada “Guerra de Malvinas” resultaron ser dos polos temáticos opuestos, aunque desde un principio se presentaron inseparables.
Estos dos ejes confusos y analizados con vocación de simpleza por la democracia, no fueron lo suficientemente útiles para entender qué me seducía a la hora de encarar una búsqueda de factores objetivos que sirvan para tomar una posición frente al conflicto y poder desarrollar así, al menos, una opinión.
Es el día de hoy y aún no tengo esa respuesta. Es por eso que la ambigüedad del título de este documental, se transforma en una alternativa, en una posible opción, en un disparador frente a las múltiples miradas sobre ese pedazo de tierra definitivamente robado por el gobierno británico y muy poco defendido por el pueblo argentino.
Y en este punto necesito detenerme y volver atrás, para explicar por qué digo “poco defendido”.
Haciendo un brevísimo sumario histórico sobre la “Cuestión Malvinas” observamos que, en el transcurso del siglo XVII, esas frías y lejanas islas fueron avistadas por marinos holandeses y maluinos (franceses de Saint Malo), pobladas por el aventurero francés Luis Antoine de Boungaville, para luego ser entregadas amigablemente a España en un acuerdo entre primos y finalmente heredadas por Argentina a raíz de la proclamación de su independencia.
Parte de este periodo contó con la presencia de Inglaterra apostada ilegalmente en la Isla Gran Malvina, ignorando el curso de la historia y alegando haber descubierto las islas aún antes de ser realmente descubiertas. De la posesión argentina fueron testigo embarcaciones de quince naciones que abrieron paso a la llegada de la precaria fuerza, diezmada en aquellos momentos por la fiebre y la muerte. Finalmente cabe agregar que Inglaterra nunca objetó la presencia de Francia, España o Argentina y, sin embargo, fue expulsada por la fuerza al haber sido descubierta su ocupación en 1770 por el gobierno de Madrid, abandonando el lugar por completo y en forma voluntaria tres años más tarde. Recién en 1829, esas olvidadas islas tuvieron nuevamente una importancia estratégica para el gobierno inglés.
Recorriendo cronológicamente los hechos y sin ánimo de poner en tela de juicio el sentimiento patriótico tanto de los españoles en 1770 como el de los argentinos en la guerra de 1982, pude vivir desde muy chico el quiebre de ese lazo de soberanía que venía trasladándose de generación en generación sobre las famosas islas. Pude experimentar en carne propia la falta de educación sobre el tema, la posterior carencia de interés de un pueblo tanto responsable de aquellos arranques belicistas y por último, la coacción infantil de todos los gobiernos subsecuentes por hacernos creer que simplemente nos habíamos peleado por un rato con nuestros mejores amigos. En definitiva, hace más de dos décadas que reina en mí la ignorancia y un inmenso desapego hacia la imagen de Nación. Como consecuencia, esto provoca irremediablemente que un veterano de guerra o cualquier otra persona comprometida con la verdadera causa sea observada como víctima de un robo, durante el cual sólo tuvo la valentía de correr al ladrón.
Décadas después de aquella guerra, humildemente creo que nadie carga consigo la sensación de padecer el virus de Malvinas como una enfermedad colonial y dependiente, sino simplemente tomamos medicamentos contra aquella “guerra injusta” para quedarnos algo conformes. De allí se desprende mi atrevimiento en comparar esa indiferencia con el término “poco defendido”.
Malvinas es un tema fascinante y muy controvertido. El conflicto muestra de costado las mil y un maneras de convivir con el enemigo, exagera todo tipo de error y deja al desnudo la soberbia de todo régimen militar. Malvinas fue una guerra ilegal por excelencia, nulamente parlamentada y asociada al genocidio de otra parte de nuestra sociedad: la desprotegida. No es casual que los protagonistas de la guerra provengan de los rincones más humildes del país y de los lugares menos centralizados. Al menos es curioso que hasta entrada la etapa de posguerra, aquellos soldados no tuvieran ningún tipo de relación con el activismo político ni fuesen representados por nadie. Se traduce de allí, que debía seguir imperando el silencio y la máquina represora respondía lanzando sus últimos manotazos de ahogado.
Este documental, se empeña en colocar en el medio de la vidriera una sola mirada, una sola vía de comunicación entre el público y el protagonista, e intenta así, multiplicar las respuestas de una posible conclusión.
Dejando puntos suspensivos sobre esta reflexión, confieso que “Malvinas” permanecerá dentro de mí como un tema inolvidable, duro de abordar y aún más duro de transmitir. Basta con seguir repreguntándome el titulo de esta obra y a la vez observar al pueblo de Malvinas hoy, formado por personas de carne y hueso que trabajan, producen y arrastran mas de seis o siete generaciones, una cantidad que muchos de nosotros no tenemos y sin embargo no nos hace sentir menos argentinos.